El barco que nunca existió
No siempre es posible seguir la pista a los protagonistas de los incidentes a los que Berlitz y otros recurren para dar solidez a su tesis de que la zona delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas es una especie de agujero espacio-temporal que desafía al ser humano. Hay ocasiones en las que no hay manera de dar con la fuente en la que han bebido los autores o de identificar el barco o avión siniestrado. Kusche se encontró entre la espada y la pared cuando abrió una investigación para determinar las causas de la desaparición del Stavenger, un carguero noruego que, con una tripulación de 43 personas, se esfumó en octubre de 1931 cuando navegaba en las inmediaciones de la isla del Gato, en Bahamas. Hasta aquí, la leyenda.
Kusche advierte que “la pérdida de un buque, con 43 hombres a bordo, no puede pasarse por alto fácilmente” [Kusche, 1975]. Sin embargo, ni The New York Times ni The Times ni la Lloyd’s tienen información alguna sobre la desaparición del Stavenger. Un portavoz del Museo Marítimo de Oslo aseguró que no existía ningún barco noruego con tal nombre que hubiese naufragado en 1931 y que tampoco se había borrado de la lista oficial aquel año ni los dos siguientes ningún navío llamado Stavanger, con a, como la ciudad noruega. Posteriormente, el bibliotecario fue informado de que un barco denominado Stavanger, construido en 1925, había sido destruido en 1955, por lo que no podía tratarse del desaparecido. Kusche sospecha que, como en octubre de 1931 hubo varias tormentas en la zona de Bahamas, “pudiera ser que un buque llamado Stavanger se encontrara en dificultades en una de estas perturbaciones y que informes incompletos o una investigación incompleta llevaran a la conclusión de que se hubiera hundido”.
Tampoco sería de extrañar, sin embargo, que todo el relato fuera una mera invención de los partidarios del triángulo de las Bermudas, que con el paso del tiempo, como ocurre habitualmente en la parapsicología o la ufología, habría cobrado carta de autenticidad. Si un investigador confunde el Atlántico con el Pacífico y sitúa en el triángulo de las Bermudas naufragios que han ocurrido a miles de kilómetros de distancia, por qué va a molestarse en comprobar un rumor antes de incorporarlo a la lista de misterios sin resolver. Como indica Kusche, la credibilidad de Berlitz “es tan baja que virtualmente es inexistente. Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían casi una certeza. Dice cosas que simplemente no son ciertas. Deja de lado el material que contradice su misterio. Un vendedor de bienes raíces que operara de esa manera terminaría en la cárcel” [Randi, 1982].
Pero el autor de El triángulo de las Bermudas no es el único espabilado que se ha aprovechado durante años de la ingenuidad del público. La lista es muy larga, aunque merece especial mención John Wallace Spencer, que está convencido de que los responsables de las desapariciones “tienen que ser seres extraterrestres, a bordo de ovnis” y afirma “que las historias verdaderas son de por sí suficientemente misteriosas como para no tener que recurrir a sensacionalismos” [Spencer, 1975]. Sin embargo, no duda en echar mano del amarillismo más descarado a la hora de rodear de misterio la desaparición de un avión cisterna KB-50, con nueve hombres a bordo, el 8 de enero de 1962. El aparato, de la Fuerza Aérea estadounidense, se esfumó cuando viajaba entre Virginia (EE UU) y las Azores. Había despegado del aeródromo de Langley a las 11.17 horas y la última comunicación desde el avión se registró después del mediodía, cuando el aparato se encontraba a unos 400 kilómetros al este de cabo Charles, en pleno océano Atlántico. El piloto “no insinuó tener ningún problema” [Kusche, 1975]. Sin embargo, según Spencer, la voz de alarma se dio cuando no se estableció el contacto por radio hacia las 14.00 horas, lo que es sencillamente falso.
Los equipos de búsqueda no se pusieron en marcha hasta pasadas las 19.00 horas, cuando estaba prevista la llegada del KB-50 a las Azores. Los aviones de rescate vieron una mancha de aceite en el mar a unos 480 kilómetros al este de Norfolk; pero, como no se halló ningún otro resto, no se puede saber si procedía del aparato siniestrado. Lo único que se puede asegurar es que estaba a unos 80 kilómetros más allá de la última posición dada. Dos aviones participaron en la búsqueda nocturna hasta primeras horas del día siguiente, cuando empezó la operación de rastreo a gran escala. El retraso en el inicio de las tareas de búsqueda -comenzaron casi dieciocho horas después de que se perdió la pista al KB-50- fue lo que impidió en su día explicar el accidente. El aparato cayó al mar; pero fuera del triángulo de las Bermudas, a más de 700 kilómetros del límite norte de la misteriosa región.
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