Seis aviones y veintisiete hombres -los integrantes del famoso Vuelo 19 y la tripulación de uno de los aparatos de rescate- desaparecieron en las inmediaciones de la península de Florida el 5 de diciembre de 1945. El incidente, uno de los pilares de la leyenda, estuvo a punto de perder todo misterio en mayo de 1991, cuando Robert Cervoni, director de la firma Scientific Search Project, anunció que el barco de exploración Deep See había hallado los restos de cinco TBM Avenger a unos 18 kilómetros al noroeste de Fort Lauderdale. “Nos pareció increíble. De pronto, nos invadió un grado de excitación elevadísimo”, recordaba Cervoni [Fermoselle, 1991]. A pesar de que todo parecía indicar que se trataba de los aviones torpederos desaparecidos en 1945, posteriores investigaciones permitieron precisar que los aparatos no pertenecían al Vuelo 19. Los modelos no coincidían y los números de matrícula no correspondían a los del escuadrón perdido.
Cinco aviones torpederos TBM Avenger partieron a las 14.10 horas del 5 de diciembre de 1945 de la base aeronaval de Fort Lauderdale, en Florida. Los aviones, con una tripulación total de catorce hombres, iban a participar en un vuelo de entrenamiento sobre el mar para el adiestramiento de los pilotos en orientación sin instrumental y sin puntos de referencia. Debían volar 198 kilómetros al este, 117 kilómetros al norte y otros 193 kilómetros hacia el sudoeste, hasta Fort Lauderdale. Los problemas surgieron una hora y media después del despegue, cuando el comandante de la escuadrilla, el teniente Charles Taylor, creyó que se habían perdido “después del último giro” y que su brújula no funcionaba debidamente [Errigo, 1975]. La conversación entre el jefe de la escuadrilla y sus pilotos fue detectada por el teniente Robert Cox, un instructor de vuelo que poco después perdió comunicación con Taylor. El Vuelo 19 “debía hallarse sobre las islas Bimini o las Bahamas” mientras que Cox estaba a unos 65 kilómetros al sur de Fort Lauderdale [Kusche, 1975].
El reloj es un instrumento imprescindible en un vuelo de entrenamiento a ciegas. Sin embargo, ninguno de los cinco TBM Avenger estaba equipado con reloj y existe la duda de si el propio Taylor llevaba uno de pulsera, ya que su familia recibió después uno entre sus efectos personales. Si el comandante ignoraba cuánto tiempo llevaba volando en un rumbo determinado, es comprensible que en un algún momento se sintiera perdido. Su desorientación llegó a tal punto que, en la segunda mitad del primer tramo -cuando la brújula, según él, comenzó a fallar-, pensó que se estaban equivocando, tomó el mando, volvió a lo que creía que era la posición correcta y acabó por no saber si se hallaba al este o al oeste de Florida. A las 16.45 horas, Port Everglades conectó con Taylor y le pidió que cambiara la radio a la frecuencia de emergencia. El líder del Vuelo 19 no lo hizo y, poco a poco, perdieron las comunicaciones con las estaciones de tierra en un canal, por otra parte, plagado de interferencias de emisoras cubanas y ruidos parásitos.
El informe oficial, que ocupa más de 400 páginas, revela que pasaron más de cuatro horas desde la primera llamada de socorro hasta que los aviones cayeron al mar. “La parte más trágica del incidente -señala Kusche- es que, cuando el teniente Taylor dio el primer parte de su situación, se encontraba, según su declaración posterior, sobrevolando los arrecifes del norte de las Bahamas. ¡El Vuelo 19 se hallaba casi en rumbo correcto cuando los pilotos decidieron que se habían perdido!”. Horas más tarde, los operadores de tierra escucharon por radio como alguno de los pilotos decía: “¡Maldición, si al menos pudiéramos volar hacia el oeste, llegaríamos a casa!”. Ninguno llegó a casa porque ninguno abandonó la formación por disciplina. Se perdieron definitivamente pasadas las 19.00 horas, cuando se les acabó el combustible, al caer “en algún lugar entre el este de Estados Unidos y el norte de las Bahamas”. Los TBM Avenger, recuerda el sagaz Berlitz, “estaban en condiciones de posarse suavemente sobre las aguas y, en todo caso, podían mantenerse noventa segundos a flote” [Berlitz, 1974]. Pero es que las condiciones meteorológicas no eran idílicas, como el autor de El triángulo de las Bermudas quiere hacer ver, sino bastante malas, “con vientos fuertes y un mar muy alborotado”, lo que tampoco favorecía la supervivencia en caso de amerizaje de emergencia.
Fue entonces cuando partió en su búsqueda un hidroavión Martin Mariner con trece tripulantes. Y también se esfumó, aunque no sin dejar rastro. La leyenda une ambos incidentes -la desaparición de los cinco aviones y la del aparato de rescate- y dice que los seis aparatos desaparecieron sin más ni más. La realidad es muy diferente. El Martin Mariner despegó de la base aeronaval de Banana River hacia las 19.27 horas, media hora después de la última conexión con el Vuelo 19. Veintitrés minutos más tarde, según el informe oficial, “el capitán del SS Gained Mills declaró que un avión se incendió en el aire e inmediatamente cayó al agua y explotó, y que manchas de aceite y escombros habían sido vistos por miembros de la tripulación” [Kusche, 1975]. Curiosamente, la explosión tuvo lugar en el punto en el que tenía que encontrarse en aquel momento el Martin Mariner, un aparato al que los pilotos llamaban tanque de gasolina volante. Sin embargo, Alejandro Vignati, un explotador del misterio, califica de “sorprendente” la desaparición del Martin Mariner [Vignati, 1975].
Más asombroso resulta que el lamentable cúmulo de coincidencias que convirtió el 5 de diciembre de 1945 en una jornada aciaga para la aviación haya sido tergiversado hasta tal punto que mucha gente crea que fueron los extraterrestres los que secuestraron a los veintisiete tripulantes de los seis aviones militares. Parte de culpa tiene Steven Spielberg. Al comienzo de Encuentros en la tercera fase (1977), el ufólogo encarnado por François Truffaut encuentra en el desierto mexicano de Sonora los cinco TBM Avenger del Vuelo 19 en perfecto estado de conservación; al final de la película, Charles Taylor y sus compañeros salen de un multicolor platillo volante estacionado en la torre del Diablo. Así soluciona el Rey Midas de Hollywood uno de los mayores misterios del siglo XX, recurriendo a otro misterio inexplicado, los platillos volantes.
En el fondo del mar…
Los partidarios del triángulo de las Bermudas recurren siempre a otros supuestos enigmas para explicar el misterio. Muestran especial preferencia por visitantes extraterrestres y restos de la desaparecida Atlántida; aunque también salen habitualmente al escenario vórtices magnéticos, civilizaciones intraterrestres, agujeros espacio-temporales… John Wallace Spencer aboga por los secuestros alienígenas; Charles Berlitz, por una explicación atlante, y Jean Prachan une los ovnis y el continente desaparecido en una sola teoría. ¿Qué hay de verdad en tan sorprendentes afirmaciones? Nada.
Spencer, miembro del crédulo Comité Nacional para la Investigación de los Fenómenos Aéreos (NICAP), afirma que “los extraterrestres no pueden ser clasificados como amigos ni como enemigos, sino como algo muy distinto: como científicos que llevan a cabo un experimento” [Spencer, 1975]. En su opinión, los visitantes han elegido el triángulo de las Bermudas como zona de operaciones “por ser la más frecuentada del mundo tanto por tierra como por mar. Si mi teoría es correcta, lo científicos extraterrestres están llevando a cabo continuos experimentos con los seres humanos y sus máquinas”. La idea es llamativa; pero tan carente de fundamento como la que dice que los extraterrestres vienen a la Tierra de caza para llenar de comida las despensas de los platillos volantes.
¿Qué necesidad tienen los alienígenas de exponerse en continuas expediciones de caza? ¿No resultaría más fácil crear granjas de seres humanos para satisfacer las supuestas necesidades gastronómicas o de animales de laboratorio? El hecho de que los visitantes estelares hayan tenido que convertir el triángulo de las Bermudas en coto de caza es una muestra más de la escasa imaginación y la falta de lógica que imperan entre ciertos escritores sin escrúpulos, que hacen cualquier cosa con tal de rentabilizar la credulidad del público.
Berlitz no recurre a los marcianos. Prefiere resucitar un viejo mito de la humanidad, la Atlántida. Según él, la existencia de un gran complejo de energía submarino es la causa de las misteriosas desapariciones que se registran en la región desde siempre. Obviamente, la idea -como todas las de Berlitz- no es original de él, sino de Edgar Cayce, un pretendido dotado que entre 1924 y 1944 maravilló a todos los ingenuos de la época. Maestro de escuela, diagnosticaba enfermedades a distancia, recetaba curas por carta, realizaba descripciones de vidas anteriores y se atrevía hasta a dárselas de profeta. “Las curas de Cayce -escribe James Randi- eran muy graciosas”, consistían casi siempre en conocidos remedios caseros como el caldo de carne, y sus fracasos como vidente fueron “notables” [Randi, 1982].
La Atlántida, según Cayce, desapareció debido al empleo indebido de las fuerzas de la naturaleza, que se tomó la revancha y borró el continente del mapa. “El hombre produjo las fuerzas destructivas… que, combinadas con las propiedades naturales de los gases, de fuerzas existentes en la naturaleza y en su forma natural, causaron la peor de las erupciones en las profundidades de la Tierra en lento proceso de enfriamiento, y esa porción [de la Atlántida] que ahora se halla cercana a lo que podríamos llamar el mar de los Sargazos desapareció bajo el océano…” [Berlitz, 1974]. El vidente describió lo que sus admiradores identifican con el láser, el máser y la energía nuclear, y habló de la existencia de un “gran cristal” atlante productor de energía en el lecho marino cerca de las Bahamas.
Charles Berlitz, que da crédito a todo tipo de sandeces, cree que es posible que en la región haya “grandes complejos de energía, antiguas máquinas o fuentes energéticas de una civilización anterior, que yacen en el fondo del océano” y que “incluso ahora podrían ser ocasionalmente accionadas por aviones que, al sobrevolarlas, crean torbellinos magnéticos y provocan perturbaciones magnéticas y electrónicas” [Berlitz, 1974]. Por si fuera poco, mantiene además que se ha cumplido una de las últimas profecías de Edgar Cayce, que anunció que parte de la Atlántida resurgiría de las aguas a finales de los años 60.